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Año 2 | No. 9 | 2015.

| Extraño Romance de Verano

Siempre he odiado los días de verano, prefiero aquel clima sombrío de otoño. Desde que era niño, los veranos siempre me parecían aburridos pues la mayoría de mis amigos salían de viaje mientras yo tenía que laborar con mi padre en la carpintería. Mis compañeros siempre regresaban a clases contando una y otra vez sus experiencias en la playa, mientras yo tenía que inventar una que otra historia para no parecer un tipo aburrido y sin amplios recursos financieros. Pero ahora, a mis 31 años de edad sí tengo algo que platicar, una anécdota verídica y recién ocurrida el verano pasado.

Ilustra. Cuentos Castrosos | Septiembre 2015


Extraño Romance de Verano

Es común que gente nueva llegue a trabajar en esta tienda departamental, cuando finaliza el ciclo escolar. Confieso que resultan un alivio estas contrataciones temporales, pues se podría decir que les inyectan vitalidad a los empleados que trabajamos de forma fija. Mi función dentro de la empresa es la de cajero en el departamento de caballeros y desde mi lugar tengo un amplio panorama para observar los errores, quejas y bromas por parte de esas fugaces trabajadoras. Todas ellas se marchan al finalizar agosto y pocas son las que dejan huella, como ella… Blanca Serna.

Desde su llegada me pareció una chica introvertida, no solía conversar mucho con sus demás compañeras y prácticamente se dedicaba a realizar sus labores, las cuales se limitaban a asesorar clientes, acomodar prendas, vestir y desvestir diariamente al maniquí situado en el área central. Aunque esta ultima actividad era algo complicada por lo inerte del cuerpo, a ella parecía agradarle del todo, incluso cuando la llevaba a cabo solía entonar una que otra canción melosa. En un principio me pareció algo natural pero pasados algunos días las situaciones se tornaban algo extrañas respecto a la interacción entre ella y el muñeco.

Fue a finales de julio mientras atendía las quejas de una señora de avanzada edad, cuando instantáneamente alcé la mirada y  noté como Blanca acariciaba el rostro del maniquí mientras lo miraba de una manera singular, podría decir como enamorada. Por instantes ignoré por completo las palabras de aquella quejumbrosa mujer pues mi mente estaba concentrada en lo que aquella escena ofrecía. La señorita Serna ahora acariciaba el pecho de él y lentamente descendía a la entrepierna pero frenó sus movimientos bruscamente, sonrojada y sonriente para después alejarse del lugar perdiéndose entre los pasillos.  Fue tanta mi incertidumbre por lo ocurrido, que deseaba cuestionarla por su comportamiento sin embargo preferí no hacer comentario alguno y esperar a que otro acto como ese ocurriera.

Además del gerente y las personas encargadas de la limpieza, los cajeros somos los primeros en llegar a la tienda antes de su apertura para realizar el arqueo de caja y en una de esas ocasiones la señora Estela frotaba con un pañuelo, de forma enfurecida, el cuello de dicho maniquí.

-Esas jovencitas estúpidas, no se por qué se empeñan en contratarlas cada temporada vacacional. ¿Acaso no ven que no nos hace feliz su presencia? Por lo menos a mí no –comentó sin siquiera dirigirme la mirada.

-¿Le han causado algún problema? De ser así, dígamelo y hablaré con ellas.

-Pues no creo que alguna de ellas se quiera adjudicar el hecho de marcar con lápiz labial a este muñeco. No quiero ni imaginar que clase de perversiones hacen cuando tienen de frente a un hombre de verdad. 

Al ver la mancha, inmediatamente supe quien era la culpable. Por un instante quise proporcionarle el nombre, pero omití declarar mi sospecha y simplemente le aseguré que me encargaría de que eso no ocurriera de nuevo.

A mediados de agosto varios modelos de ropa se ponían en oferta, enormes cartelones advertían sobre el fin de temporada primavera-verano y otros anunciaban la llegada de nuevos modelos para otoño-invierno. Por dos semanas no había notado nuevos sucesos respecto al tema de Blanca, salvo aquellos que eran cotidianos como verla cantar por las mañanas mientras lo vestía y por las tarde cuando lo desvestía, aunados a una que otra sonrisa y caricia que de vez en cuando le proporcionaba. Estoy casi seguro que una de esas veces pude ver como rozaba  ligeramente, con la mano, la zona genital del muñeco. Quizá realizaba actos más extraños pero me era imposible estar al pendiente de todos sus movimientos a lo largo del día.

Si mi historia finalizara aquí, pensarían que lo ocurrido fue solo un breve e inocente jugueteo de aquella muchacha y dirían “¿para esto me detuve a leer?” afortunada o desafortunadamente no es el final y lo que a continuación redacto queda fuera de toda cordura.

Era un 23 de agosto, para ser más exactos un día domingo y para ser aun mas exactos era el último día de vacaciones para niños, adolescentes y jóvenes. La tienda se encontraba llena en su totalidad, para donde voltearas encontrabas familias comprando uniformes, zapatos, ropa interior. A pesar de que ese verano había sido lluvioso, aquel día el calor era insoportable. Y para ser más grande mi calvario, a cada momento se dejaba oír los chillidos, quejidos y carcajadas de los niños. Por un instante llegué a desear que algo ocurriera para que todo ese caos desapareciera; mi deseo fue concedido.



Mientras atendía impaciente a un señor, que por cierto había aprovechado muy bien las ofertas, lograba escuchar a dos niños correr de un lado para otro mientras su madre hacía fila. Ambos se gritaban una que otra obscenidad y de vez en cuando se lanzaban un golpe o empujón a lo que la mamá simplemente decía “Estense quietos, van a tirar algo” sin siquiera hacer un intento por ir y aplacarlos.  La pésima conducta de esos niños finalizo al momento que un fuerte golpe se hizo notar. Todos los ahí presentes volteamos simultáneamente para percatarnos sobre lo que ocurría. Sobre una plataforma se encontraba tirado un niño sobándose el hombro y en el piso se encontraban esparcidas las partes del cuerpo del maniquí, sí ese maniquí en el que están pensando. Entre las personas se escuchaban murmullos “Tenía que ser. Ahora que la madre pague. Escuincles mal educados. Lo aventó muy fuerte, ayúdenlo a pararse. La cabeza rodo por allá”. Me encontraba enfurecido ante esa situación, quería brincar el mostrador y darle un par de nalgadas, pero esa idea se disperso cuando vi una mano hecha con fibra de vidrio, estrellarse contra la cabeza del niño situado en la plataforma. Blanca estaba situada atrás del muchacho, por su rostro se desplazaban un sinfín de lagrimas, el rímel se le había corrido, su piel había empalidecido; en las manos sostenía fuertemente el brazo del maniquí.


-¿Cómo pudiste hacerle esto? ¡Asesino!. –Exclamó mientras proporcionaba otro golpe; el brazo se quebró por la mitad.

El cráneo del niño comenzó a sangrar. Había sido tan grande el impacto que él no pudo ni llorar, simplemente abrió los ojos como si fueran platos y su cara mostró una expresión aterradora.

-Pronto nos fugaríamos de aquí y nada nos separaría de nuevo. Ahora ya no pasará. –tomó con aun mas fuerza la parte restante del brazo como si se tratara de una estaca y comenzó a enterrarlo una y otra vez por distintas partes del cuerpo y rostro de la victima.

El suelo se manchó de sangre y lagrimas. Todos los testigos permanecíamos paralizados, estoy seguro que la mayoría deseaba poder intervenir pero aquella situación era tan funesta, impactante e inesperada que nadie, incluyendo a la madre del niño, podía moverse de su lugar. Blanca desapareció por un instante del “escenario principal” y volvió con la cabeza del muñeco. Ella situó sus labios junto a los del muñeco y le dio un enorme beso, mientras lentamente dobló sus rodillas hasta quedar hincada en el piso. Aquel momento fue similar al gran final de una obra de teatro pero en vez de recibir aplausos del público, comenzaron a sonar alaridos, gritos y lloriqueos entre los espectadores. Los elementos de seguridad llegaron y se abrieron paso entre la gente para arribar hasta ella, no fue necesario someterla pues se encontraba en un estado de transe que hizo mas fácil el traslado hacía el exterior de la tienda. Lo ultimo que recuerdo de aquella vez, fue ver como la cabeza del maniquí se zafó de los brazos de Blanca y cayó al suelo quedando con la mitad de la cara embarrada por la sangre y fluidos del niño ya fallecido.


En unas cuantas horas, lo ocurrido ya era noticia. En algunas páginas de internet se mostraba el rostro desfigurado del niño, a la madre de éste siendo atendía por personal de emergencias medicas debido al estado de crisis en el que se encontraba y en otras, la imagen de Blanca mientras era transferida. Los periódicos del día siguiente mostraban comentarios y narraciones obtenidas por parte de los empleados y testigos de la tragedia. A la siguiente semana un periódico local hizo un reportaje donde se explicaba la razón por la cual ella había actuado de esa forma.

“Amistades allegadas a Blanca Serna  aseguran que quizá aún no superaba el fallecimiento de su novio ocurrido hace unos meses. La madre  relata que desde el día en que entro a trabajar al centro comercial, la notó muy cambiada en el aspecto emocional y que en repetidas ocasiones le mencionó a un nuevo amigo del trabajo  que le resultaba atractivo e incluso prometió presentárselo”.

Esta es mi historia del verano pasado, no es algo digno de contar pero si resulta morbosa y entretenida. Ah y por si se lo preguntan, sí el rostro del maniquí tenía cierta similitud con el del novio fallecido de aquella jovencita.