Nominativamente podríamos encontrar diversas definiciones de revolución, y casi todas ellas, o al menos las que no aluden a ciencias exactas, se refieren a cambios violentos de índole social, poder y organización política, ¿pero realmente es tan reduccionista la revolución? ¿O somos nosotros quienes no entendemos del todo qué es la revolución?

Por Az Caballero


Revolución
(Del lat. revolutĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de revolver o revolverse.
2. f. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.
3. f. Inquietud, alboroto, sedición.
4. f. Cambio rápido y profundo en cualquier cosa.

A lo largo de la historia, se han registrado numerosas revoluciones, desde las de los judíos en contra de los egipcios, pasando por  Espartaco (por supuesto que junto a Onomeius y Crixus ), las revueltas cristianas, luego 1300 años de obscurantismo, después las revoluciones burguesas, la revolución Inglesa, la revolución francesa, la revolución Estadounidense, la hispano-americana, la  revolución rusa, la revolución mexicana, la alemana, la bolchevique, la norcoreana, la argentina, la cubana, la congoleña, la somalí, la chilena, en fin creo que está claro que han sido más de un par a lo largo de la historia escrita, revoluciones que han dejado detrás del supuesto orden restaurado, muerte, sangre, miseria y ese amargo sabor de no saber si valió la pena.

Pero por qué solo las revoluciones construidas con cimientos de metralla y demagogia son de las que se tienen memoria, por qué se nos acorta la vista cuando hablamos de revolucionarios, por qué no miramos a los que han cambiado el mundo sin manchar sus manos de sangre, por qué no pensar que la revolución es también un camino y no un momento. Pensemos un poco en aquellos que siguieron ese camino, como Sócrates, porque, ¿Acaso no es revolucionario morir en vez de faltar a su propia palabra?, ¿Que no es revolución hablar de amor, verdad y justicia a expensas de ser crucificado y  ser usado como imagen publicitaria como lo hizo Jesús de Nazaret?, ¿Que no hay revolución en “tener un sueño” que dignifique al hombre por lo que es y no por el color de su piel como lo hizo Luther King?; pareciera que en la actualidad solo los que puede blandir un arma merecen el titulo de revolucionarios.

Y aunque pensáramos que esto de imaginar a los revolucionarios envueltos en carrilleras, con “cara de guerra” y listos para matar va muy “ad hoc” a estos tiempos que vivimos de capitalismo salvaje, la verdad es que estamos lejos de poder reconocer a quienes llevan ese camino de revolución si tener nombre de caudillo, porque a pesar de que aún existen hombres comunes que persiguen sus ideales, su libertad y su derecho a la vida aún a costa de sus vidas, empuñando un arma y  cargada con su ideología, también ignoramos que existen los que hacen revolución no deseando un mundo globalizado, los que entienden el universo lejos de conceptos triviales y frívolos, los que saben que la verdad no está en quien la pregona, sino en quien vive en búsqueda de ella, también están esos a los que realmente no alcanzamos a comprender (porque de otra manera el mundo sería diferente), también están los tibetanos.


Yo no creo que los tibetanos merezcan el mote de revolucionarios por el hecho de resistir 84 años, y contando, de vejaciones, atropellos, barbarie, injusticia y represión con otra respuesta que no sea el ayuno y la inmolación (que ya por aguantar eso, más que revolucionarios deberían ser mártires), porque habrá que hacer mención que los chinos, tras la revolución comunista en 1950, enfocaron toda su atención en ocupar los límites territoriales del Tíbet, ya que el Tíbet, para su mala fortuna, se encuentra entre China y el resto de Asia, por lo que era de vital importancia en el ámbito militar y comercial, y pues así como son los gobernantes chinos de intensos,  ni siquiera trataron de llegar a un acuerdo con el Tíbet, el buen Mao, aprovechó la ascensión al poder del partido comunista en China y la devastación que dejó en el Tíbet el terremoto del 15 de Agosto de 1950 para obligar al Tíbet a sucumbir ante su política de “liberación pacífica del Tíbet” que obviamente fue a punta de madrazos y torturas, a esos que en su gran mayoría eran (son) budistas, y pues ya saben que los budistas tienen una fama de pinches escorias del mundo (es sarcasmo para el que no la vio venir), entonces había que intégralos al nuevo sistema como solo un buen estado benefactor sabe hacerlo (si no sabremos de eso), que para ponerlo de otra manera, era como si un montón de matones vestidos de policía llegaran a una comuna hippie acabada de ser arrasada por un terremoto a repartir toletazos de libertad a diestra y siniestra.


Así pues y habiendo expuesto lo anterior, reiteró que la parte más revolucionaria de los tibetanos no está en la parte de ser sobrevivientes a la censura de cultura, expresión y religión (está prohibida la difusión de la lengua, cultura y religión tibetanas en el Tíbet y en China), está en su capacidad de percibir el mundo de manera diferente, como lo menciona Sogyal Rimpoché (maestro tibetano de gran renombre, encarnación de Lerab Lingpa Tertön Sogyal, maestro del décimo tercer Dalai Lama).

“El descubrimiento todavía revolucionario del budismo es que la vida y la muerte están en la mente, y en ningún otro lugar. La mente se revela como base universal de la experiencia; creadora de la felicidad y creadora del sufrimiento, creadora de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte.”


Es en estas palabras, en esta simple idea donde radica la revolución de los tibetanos, es en este discurso de no desear, en esta fe de respeto por la vida, donde no caben los intereses de hombres mundanos que ven amenazado su poder, es en este mundo sin espíritu donde el hombre más peligroso es el que vive para ganar su alma, su libertad, es en esta realidad en donde se prohíbe creer, que el verdadero acto de revolución esta en no perder la fe, en creer, en resistir.

Y aunque pudiera entenderse solo en un sentido esa frase de Flores Magón que dice “El verdadero revolucionario es un ilegal por excelencia. El hombre que ajusta sus actos a la ley podrá ser, a lo sumo, un buen animal domesticado; pero no un revolucionario.”, los tibetanos le han dado un sentido más amplio al significado de “romper la ley”, pues no solo el que mata hace revolución, la hace el que grita contra la injusticia, el que respeta la vida, el que se mira así mismo en el otro, el que vive sin miedo en un mundo de terror, el que no teme a encontrar la muerte siendo libre, el que elige su camino y no permite que nadie le obligue a elegir uno.