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La década de los sesenta representó en muchas maneras una década de liberación, de rompimiento, de cambio a nivel mundial, el intervencionismo crecía como tumor maligno en las entrañas del mundo, la guerra se definía como el mejor negocio en el que se pudiera invertir y en esos momentos, después de la crisis mundial de los años treinta, había países ávidos por invertir, como por ejemplo nuestros vecinos los gringos, que encontraron en la segunda guerra mundial un negocio que representaba una salida de la gran depresión y el trampolín que los impulsaría como potencia a nivel mundial (negocio que jamás abandonaron, porque ¿para qué abandonar un negocio en el que eres el mejor en lo que haces?...), así que después de la segunda guerra mundial vino su “oportuna” participación en Corea y posteriormente en Vietnam (y las que les faltaban).

Por Az Caballero


Pero como ricos nuevos, los gringos y sus cuates afiliados a la ONU comenzaron a estirar de más, y como dictan las leyes del universo, no puedes escupir al cielo y esperar que no pase nada, así que el descontento social comenzó a manifestarse en diversas partes del mundo, y era bastante obvio ¿a quién le late ir a un país que ni conoces, a matarte a balazos con gente que no te ha hecho nada, en nombre de gente que te ve como “instrumento” para llenarse de dinero? (dinero que jamás verás por cierto).

Y como diría Kevin Arnold (con voz de Goku, claro) “… y entonces sucedió…”,

los jóvenes en diversas partes del mundo aburridos de su homogénea vida y rechazando la subordinación a la cual intentaban someterles, terminaron por llegar al límite y alzaron la voz, todos los ideales de libertad, paz y autogestión que se cocinaron durante casi toda una década explotaron en el verano del 68. En Francia, E.U., Alemania, España, Checoslovaquia (si existió), Japón y por supuesto en México, se dieron movimientos estudiantiles que, obviamente, fueron reprimidos por la fuerza del estado, y terminaron en desenlaces trágicos como el de Tlatelolco. Pero nadie pudo borrar la hazaña, la gente tuvo la oportunidad de saber que había más que lo que les obligaban a consumir, la voz de la juventud se dejó escuchar y con ella las voces de culturas que proveían de experiencias y conocimientos nuevos a la homogenizada y reprimida generación de aquel entonces.

Fue a través del arte, la música y la filosofía que el occidente pudo degustar los sabores exóticos de las culturas orientales (negados antes por ser casi siempre la antítesis de los ideales capitalistas) la ideología de paz y amor adoptada por los hippies encajaba perfectamente en los lineamientos de religiones, filosofías y prácticas de oriente, como el budismo con su respeto por la vida y la posibilidad de trascendencia a través de la reencarnación, o las técnicas de meditación que difundía el Maharishi Mahesh Yogi (1918-2008) y que fue de gran influencia entre los miembros de la contracultura de esos momentos, como lo fueron los Beatles, ¿Qué hubiese sido de las guitarras de Harrison sin él? ( ¿Cómo sonaría “píntalo de negro” de los roling sin esa cítara de Bryan Johns) los BeachBboys, y hasta Clint Eastwood y David Lynch se vieron involucrados con el yogui; no vayamos más lejos, María Sabina (no era de oriente pero igual cuenta) y las historias de todos los rockeros que la buscaron para ser parte del ritual de los hongos e inmortalizada por músicos como Jorge Reyes, miembro de Chac Mool (otra de las bandas de esa generación que lograban la hibridación de lo innovador con lo autóctono).


Esta diversificación no solo se manifestó en la música, sino que logró permear muchos aspectos de la contracultura emergente en aquel entonces, un ejemplo de ello es la medicina, métodos alternativos como la acupuntura, la medicina naturista, la quiropráctica y la aromaterapia, pasaron de ser prácticas supersticiosas y absurdas a opciones para la sociedad occidental necesitada y hambrienta de significado y transformación. Las artes marciales no eran conocidas hasta que el mismísimo Bruce Lee hizo su aparición en el mundo, habría que ver cuántas escuelas de artes marciales había antes de que “el gran jefe” u “operación dragón” inundaran de gente los cines alrededor del mundo, la cultura de occidente adoptó el arte de las cachetadas como propio. Prácticas como el Yoga, el karate y el feng-shui, por mencionar algunas, encontraron cabida en la monótona e insipiente vida occidental y hasta se arraigaron a ella por un tiempo.


El tiempo transcurría mientras el estado de bienestar nos delimitaba las frívolas fronteras de nuestra lívido materialista, que nos olvidamos de todo esto del descubrimiento y la búsqueda de lo no convencional, nos acomodamos en el “confort” que nos fue brindado por nuestro estado capitalista; pasaron los 70, los 80 y ya entrados en los noventa, teniendo el cambio de milenio encima y con el mundo podrido como estaba, nos abordó el pánico del fin del mundo (ya han pasado 14 años desde el cambio de milenio y por desgracia no se ha acabado el mundo) y con él una nueva necesidad de encontrar donde depositar esta nueva paranoia colectiva, una vez más la gente sentía la necesidad de algo más, pero esta vez totalmente aletargados por 40 años de capitalismo salvaje.


Y tal como Maquiavelo profesaba, la historia se repitió, y así como los peinaditos de a los bitles y los vestiditos a-go-go volvieron a estar de moda, también lo hicieron muchas de esas cosas que en algún momento brindaron significado y sentido, pero esta vez de una manera mórbida y manipulada, pues esta búsqueda de lo nuevo no tuvo los mismos motivos que la que pudimos ver en la época de los rebeldes, esta vez no fue por saciar el conocimiento y el hambre de libertad, sino para saciar la tediosa vida que decidimos llevar. El espíritu de libertad y búsqueda fue asesinado y sustituido por el estado de bienestar que hoy estamos adiestrados para perseguir, todo aquello fue convertido en una parodia hecha por nosotros mismos. Hoy ves gimnasios en cada esquina donde cualquier hijo de vecina puede dar clases de yoga y tai-chi, a señoras que solo llegaron ahí porque seguro lo vieron en el programa de chismes de la mañana; ves a tremendos  brutos enseñando supuestas artes marciales a chavitos, y que no tienen ni la menor idea de la filosofía que guardan esas disciplinas; yo me pregunto, ¿sabrán esos que te ponen tachuelas para bajar de peso lo que es el chi?, ¿O a caso sabrán los fanáticos de los Strokes o los Vines quienes eran los Kinks?


Hoy estamos aburridos otra vez, hemos llegado al punto en donde pensamos que ya todo se ha visto y escuchado, perdemos a cada momento nuestra capacidad de sorprendernos, necesitamos más pero no queremos ir a buscar demasiado lejos, hoy el espíritu rebelde de hace 50 años nos lo envuelven para llevar y etiquetado con un código de barras, el alma buscaba ser libre, hoy no busca y es libre hasta donde se le permite. Los anarcos escupen al sistema enfundados en sus dr. martens de 2 mil varos y los activistas sociales se avientan cubetas con agua y se graban con sus iphones para ayudar a los enfermos (obvio hago alusión a los “despistados” que se aventaban agua sin saber que el chiste era donar dinero y no desperdiciar el vital liquido),  hoy hemos vuelto a perder el significado, exorcizamos de todo espíritu y sentido a lo que hacemos, queremos otra cosa pero que no cueste más que un click, las cosas que nos brindaron libertad ayer hoy no son más que parte de la misma enajenación que nos tiene encadenados al conformismo y la ignorancia. Y así pues lo retro está de moda, y no es que esté mal (yo soy fan de los 60’s), creo que lo que está mal es pensar que lo único que vale la pena recuperar de otras generaciones es la ropa, la música, el arte, la literatura, no olvidemos el significado, los ideales y la búsqueda, no vendamos nuestro espíritu rebelde por un café de Starbucks y un iphone, no olvidemos lo que dijo Salvador Allende (1908-1973) “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.