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¿Escribirnos? ¡Claro que nos escribimos! ¿Por qué no habríamos de hacerlo? Si vivimos los días de la inmediatez de la comunicación vía redes sociales digitales inalámbricas y estamos en la era de la conexión simultánea con todo aquel que está también conectado al internet, ¡Mensajeémonos, pues! y coleccionemos por montones las benditas apps de mensajería instantánea ¿No? Solo hace falta uno de esos gadgets de última generación (que ya distan años luz de ser solo “telefonía móvil”) diseñados sobre pedido expreso de los hitos de la sci-fi, una conexión “wi-fi”, una dirección de correo electrónico y estás listo para comunicarte con todos tus seres queridos, con tus amigos, con tu “peor da lo mismo”, con tus conocidos y con todos los demás desconocidos regados en la amplia y ancha vastedad de la world wide web gracias a los “mensajitos escritos”.

Por Ramses Fonseca


Ahora que, si “escribir” podemos definirlo estrictamente como: la acción de representar gráficamente un idioma por medio de signos trazados a mano sobre un papel, tendremos claro que hoy, en pleno boom de las telecomunicaciones celulares, no nos escribimosy solo tecleamos “ceros y unos” intangibles traducidos a “palabras” a través de un mal acomodado teclado qwerty y nos mantenemos en “contacto” a través de la versión de los supersónicos de los telegramas, ideas mucho muy breves y “emoticones” para que encajen en los 140 caracteres del Twitter o en los 120 de los SMS (short-message-service) de texto de 2 vías, ignorando olímpicamente el corrector automático de estilo y asesinando prácticamente a toda regla ortográfica que se interponga entre nuestros dedos y el botón de send; suplantando de paso a la bonita costumbre de escribirnos cartas (definiendo carta como un escrito de puño y letra del autor) para comunicarnos a distancia entre nosotros.


Carta del benévolo General Kroll

Pero así como en sus días los telegramas no sustituyeron a las cartas (por muy breves que llegarán a ser), porque no sirven para lo mismo, las aplicaciones de mensajería no sirven para lo mismo que una carta y nos estamos engañando como generación si creemos lo contrario; viviendo en la era donde, al parecer todo lo que hacemos es adrede para mostrarnos al mundo, cada vez parece haber menos lugar para lo privado, y pocas maneras tan privadas de comunicarnos entre nosotros como una carta, tan privadas son que está tipificado como delito el andar abriendo cartas y correspondencia que no son para ti, no así tus contenidos “virtuales”, esos le pertenecen a Google y a la CIA y es completamente legal que espíen y hurguen en tu bandeja de inbox, quizá por eso mismo pareciera que las cartas hoy quedaron relegadas a las secciones de los lectores quejosos en los periódicos y ociosos en las revistas, para los stalkers de famosos y para amenazar a policías, periodistas y políticos.


Carta de Stan a Marshall Bruce Mathers III


Y es que hay un “je ne sais quoi” en las cartas y no como las que lee Mariano en las mañanas, sino en las cartas reales, las que se inspiran por la necesidad de decirle algo muy importante a alguien que no está ahí para escucharlo, algo personal y por ello íntimo que prefiere escribirse a mano, sellarse en un sobre y aguardar a que sea leído únicamente por ese alguien a quien va dirigido y lograr que también en una carta el destinatario reciba algo más que un mensaje impreso en una tipografía estándar y multiusos, sino que la reciba de tu caligrafía que es algo así como la voz de nuestra mente, su huella digital y como tal es única e irrepetible: “Leerlo de tu letra es como escucharlo de tu voz”.

Porque escribir una carta va mucho más allá del simple hecho de comunicar una idea en letras sino que también tiene el poder de transmitir una emoción, un estado de ánimo a través del trazo y construye un puente “etérico” entre el remitente y el destinatario, uno que no se puede construir a través de la Times New Roman a 12 puntos. La intención con que se escribe queda tatuada en el papel, la tinta más profunda al deletrear palabras con mucho mayor contenido sentimental que otras y en algunos casos reconocer rasgos únicos del remitente (como la curiosa costumbre de cierta ex novia que dibuja corazoncitos en vez de puntos sobre las letras “i”) y que le dan un valor imposible de sustituir a las versiones de textos en .doc o en .pdf, porque construir un mensaje (por muy largo que sea) solo picando un teclado nunca será igual que el dibujar las palabras que construyen el contenido de la carta, así como leerla a través de una pantalla (por muy touch que sea) nunca será igual a recibirla y sostenerla entre tus manos; nunca podrás acompañar un inbox con tu firma, con una lágrima o con el perfume de tu amor o el de mamá que viajan de polizones entre el texto y el sobre.


Letter from lost days / Akira Yamaoka ft. Mary Elizabeth McGlynn - Silent Hill Sound Track

El que en toda red social virtual en la web haya espacio para comentarios y para mensajes privados, aunque dicha red sea solo para postear fotos, es una muestra de qué tan primordial sigue siendo el escribirnos y leernos. ¿Acaso no tenemos más que decirnos que solo 140 letras (con sus respectivos espacios y signos de puntuación - en el mejor de los casos), guiño, sonrisa y carita felíz? ¿No nos interesa que nuestra carta perdure por años (quizá guardada en el cajón de los recuerdos, pero “ahí”) y que no se esfume cada que damos de baja un perfil o una cuenta de e-mail?

Publicar correspondencia en formato de libro es algo muy común pero ¿Que hubiera sido de la literatura contemporánea si la correspondencia entre literatos se hubiera dado vía telecomunicaciones? Quizás “Las cartas de la Ayahuasca” entre William Burroughs y Allen Ginsberg no serían más que comentarios en las fotos (con filtros vintage) del Instagram de Billy Burroughs, o el universo ominoso creado en las cartas entre Lovecraft y su séquito no pasaría de ser algunas microficciones en Twitter y las cartas de Elenita Poniatowska serían algunos breves (pero seguramente concisos) mensajes de Whatsapp con sus amigos intelectuales.
Y es que un e-mail (o un inbox, o un whatsapp, o un text) sustituyendo a una carta escrita en papel y de puño y letra, es como querer sustituir la voz del cantante de tu canción favorita por el monótono tono de la voz sintética del “loquendo  creepypastero” (ola kuleros XD XD), sencillamente impensable.

No se trata de temerle al cambio y aferrarse a utensilios que rápidamente se vuelven obsoletos (porque la intensión, una pluma y un papel nunca serán obsoletos) ni mucho menos de estancarse y no evolucionar conforme lo hacen la tecnología y los medios de comunicación, es más la idea de subrayar y de hacer notar que no hemos crecido con ellos, incluso quizá, las nuevas generaciones son menos efectivas para comunicarse “a distancia” entre ellas que las que les antecedieron y es que hoy puedes resumir conversaciones enteras a comas, dos puntos y paréntesis que pretenden dibujar gestos que responden a letras sueltas tecleadas en una especie de código que se supone debe ser leído, más por cómo suena cada letra, que por la construcción de palabras con las mismas, o sea, nos hemos vuelto unos huevonazos hasta para escribirnos y definitivamente eso no nos ayuda a comunicarnos.



Carta de Cantinflas